“De Dios se supo a raíz de un conflicto laboral”, comenta G. Faus. Nuestra gente escucha con la boca abierta los prodigios que acompañaron aquella gesta del Éxodo, hoy les ayudamos a entender que la mayoría son recursos literarios para explicar gráficamente que Dios estuvo siempre de su lado, del lado de los desasistidos.
Así traté de contemplar la marcha de medio millón de campesinos y ganaderos en Madrid.
“He decidido bajar...” y termina ordenando: “así pues, ve...”. Voy comprendiendo que la manera que tiene Dios de liberar a los empobrecidos, es impulsarnos para que nos pringuemos nosotros en esa liberación. Los teólogos medievales decían, con frase feliz, que “cuando Dios trabaja, el hombre suda”. Lo que está desmantelado es algo más que un sector económico.
Es una forma de vida rural de la que formamos parte el 35% de este país. Y allí, junto a las arterias donde la gente “guapa” celebra los eventos deportivos —desde Cibeles a Atocha a través del Paseo del Prado— la gente de los pueblos, “aceituneros altivos” como los de Miguel Hernández, y los cerealistas, los de la fruta, los lecheros, los del tomate... a los que, hoy más que nunca dada la precariedad en la que se les ha condenado a vivir, se les podría preguntar: “¿quién amamantó los olivos? Vuestra sangre, vuestra vida, no la del explotador que os sepultó en la pobreza”. Esta pobreza arruinada, tozudamente, nos muestra la pérdida de 124.000 empleos en los últimos cinco años, los costes de producción han subido un 34%, mientras que lo que ellos producen está peor o más bajo que antes, la consecuencia es que la renta de los campesinos ha bajado un 26%. Sin embargo la agricultura está aportando a las industrias de alimentación que supone el 12% del PIB, del cual dependen más de millón y medio de puestos de trabajo.
En el caminar multitudinario y ruidoso se me agolpaban vivencias y sentimientos, sobre todo recordaba cómo se ha pervertido la finalidad de las leyes, que ahora sirven para legalizar la injusticia: “¿Acaso galopan los caballos por las rocas o se ara con bueyes el mar? Pues nosotros
habéis cambiado el derecho en veneno, y el fruto de la justicia en amargura.” (Am. 6, 12). Y trataba de darme cuenta que en estos dichos de los profetas, su importancia no estaba en el contenido, sino que los hacían en nombre de Dios. Iba acompañando a mi pueblo. Antes nos habríamos puesto a encender velas y esperar de la providencia divina mejor suerte, hoy en un contexto de secularización, no significa desaparición del aspecto cristiano, sino tratar de contemplar a Dios en esa realidad, de ayudar a tantos militantes cristianos, que iban en esta gran procesión, a situarse en ese lugar teológico desde el que se descubre a Dios en los empobrecidos, en los rurales vencidos y excluidos de la tarta nacional, llegando a descubrir cómo la llamada “ausencia” de Dios se convierte en una “presencia”que denuncia la injusticia y pide un compromiso permanente.
Estas son las velas encendidas—tantos militantes, hombres y mujeres, luchadores del Reino—
que se “consumen” a la manera del grano de trigo que cae en la tierra.El colorido de la marcha no ocultaba en ningún momento el sufrimiento —rostros cuarteados por el aire y por el sol— delos aplastados por los altos precios de producción y los ínfimos precios de su sudor, hinchados luego por los especuladores dela rapiña. Y los gobiernos europeos contribuyendo al desaguisado. Quienes rezamos todos los días con los salmos, tropezamos con la llamada constante: “Dios se pone en pie para juzgar, para salvar a los humildes de la tierra”(Sal 76, 10); “que el Señor hace justicia a los oprimidos, que da pan a los hambrientos” (Sal.146, 7); “que levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre” (Sal. 113, 7).¡Cuánto me hubiesen gustado ciertos gestos o palabras de cercanía en nuestros pastores, tan prolíficos en otras manifestaciones en esas mismas calles, incluso con su presencia, que ahora no hayan tenido ni un asola palabra de aliento! ¡Me duele que el mundo rural esté tan lejos de la preocupación y cariño de nuestros obispos! Al día siguiente, domingo, celebramos la eucaristía con gente que vive del campo y le aman. No se nos ocurrió una oración mejor para dar gracias a Dios porque nos ayuda a amar nuestra historia y por eso que da salvada, que: “...Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes, a los ricos los despide vacíos...” (Lc. 1, 51-53).No lo rezamos en latín ni con música gregoriana, para no atenuar su veneno.
Así traté de contemplar la marcha de medio millón de campesinos y ganaderos en Madrid.
“He decidido bajar...” y termina ordenando: “así pues, ve...”. Voy comprendiendo que la manera que tiene Dios de liberar a los empobrecidos, es impulsarnos para que nos pringuemos nosotros en esa liberación. Los teólogos medievales decían, con frase feliz, que “cuando Dios trabaja, el hombre suda”. Lo que está desmantelado es algo más que un sector económico.
Es una forma de vida rural de la que formamos parte el 35% de este país. Y allí, junto a las arterias donde la gente “guapa” celebra los eventos deportivos —desde Cibeles a Atocha a través del Paseo del Prado— la gente de los pueblos, “aceituneros altivos” como los de Miguel Hernández, y los cerealistas, los de la fruta, los lecheros, los del tomate... a los que, hoy más que nunca dada la precariedad en la que se les ha condenado a vivir, se les podría preguntar: “¿quién amamantó los olivos? Vuestra sangre, vuestra vida, no la del explotador que os sepultó en la pobreza”. Esta pobreza arruinada, tozudamente, nos muestra la pérdida de 124.000 empleos en los últimos cinco años, los costes de producción han subido un 34%, mientras que lo que ellos producen está peor o más bajo que antes, la consecuencia es que la renta de los campesinos ha bajado un 26%. Sin embargo la agricultura está aportando a las industrias de alimentación que supone el 12% del PIB, del cual dependen más de millón y medio de puestos de trabajo.
En el caminar multitudinario y ruidoso se me agolpaban vivencias y sentimientos, sobre todo recordaba cómo se ha pervertido la finalidad de las leyes, que ahora sirven para legalizar la injusticia: “¿Acaso galopan los caballos por las rocas o se ara con bueyes el mar? Pues nosotros
habéis cambiado el derecho en veneno, y el fruto de la justicia en amargura.” (Am. 6, 12). Y trataba de darme cuenta que en estos dichos de los profetas, su importancia no estaba en el contenido, sino que los hacían en nombre de Dios. Iba acompañando a mi pueblo. Antes nos habríamos puesto a encender velas y esperar de la providencia divina mejor suerte, hoy en un contexto de secularización, no significa desaparición del aspecto cristiano, sino tratar de contemplar a Dios en esa realidad, de ayudar a tantos militantes cristianos, que iban en esta gran procesión, a situarse en ese lugar teológico desde el que se descubre a Dios en los empobrecidos, en los rurales vencidos y excluidos de la tarta nacional, llegando a descubrir cómo la llamada “ausencia” de Dios se convierte en una “presencia”que denuncia la injusticia y pide un compromiso permanente.
Estas son las velas encendidas—tantos militantes, hombres y mujeres, luchadores del Reino—
que se “consumen” a la manera del grano de trigo que cae en la tierra.El colorido de la marcha no ocultaba en ningún momento el sufrimiento —rostros cuarteados por el aire y por el sol— delos aplastados por los altos precios de producción y los ínfimos precios de su sudor, hinchados luego por los especuladores dela rapiña. Y los gobiernos europeos contribuyendo al desaguisado. Quienes rezamos todos los días con los salmos, tropezamos con la llamada constante: “Dios se pone en pie para juzgar, para salvar a los humildes de la tierra”(Sal 76, 10); “que el Señor hace justicia a los oprimidos, que da pan a los hambrientos” (Sal.146, 7); “que levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre” (Sal. 113, 7).¡Cuánto me hubiesen gustado ciertos gestos o palabras de cercanía en nuestros pastores, tan prolíficos en otras manifestaciones en esas mismas calles, incluso con su presencia, que ahora no hayan tenido ni un asola palabra de aliento! ¡Me duele que el mundo rural esté tan lejos de la preocupación y cariño de nuestros obispos! Al día siguiente, domingo, celebramos la eucaristía con gente que vive del campo y le aman. No se nos ocurrió una oración mejor para dar gracias a Dios porque nos ayuda a amar nuestra historia y por eso que da salvada, que: “...Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes, a los ricos los despide vacíos...” (Lc. 1, 51-53).No lo rezamos en latín ni con música gregoriana, para no atenuar su veneno.
HOJA DIOCESANA. CORIA-CÁCERES 13-12-2009
AUTOR ENRIQUE GÓMEZ RODRÍGUEZ
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